Impacto de las enfermedades alimentarias en la conexión cerebro-intestinal y su efecto en la salud mental.
El
tema del siguiente análisis presenta un vacío en fuentes bibliográficas, debido
a que no hay una mínima cantidad de literatura que presente información puntual
sobre el efecto de las enfermedades alimentarias en la salud mental, considerando
al eje cerebro-intestinal-microbiota. Sin embargo, se aplicará el método
inductivo a raíz de dos premisas que sí están fundamentadas teóricamente:
primero, que las enfermedades alimentarias afectan la microbiota intestinal y
segundo, que las afectaciones en la microbiota intestinal alteran el sistema
nervioso.
La microbiota intestinal es la
comunidad de microorganismos que residen en el tracto gastrointestinal, los
cuales son esenciales para múltiples procesos, entre ellos la digestión y las
funciones metabólicas. Además, puede proteger de bacterias patógenas
previniendo su adhesión a través de la resistencia a la colonización, así como
compitiendo con los patógenos por nutrientes y manteniendo un pH intestinal
apropiado. De manera que tiene funciones de inmunidad y homeostasis muy
importantes (Brown et al., 2012). A la interrupción de esta homeostasis se le denomina disbiosis y una de sus causas puede ser las enfermedades
alimentarias, por medio de patógenos como la salmonela, la listeria, la shigella, el E. coli y el campylobacter. (Akritidou et al., 2023).
Además de causar padecimientos propiamente
digestivos, como afecciones inflamatorias, infecciosas y metabólicas intestinales, la disbiosis también impacta en el sistema nervioso por medio del
eje microbiota-intestino-cerebro, que según Peñafiel y Novo (2023) es la
comunicación bidireccional y dinámica que se establece entre estos dos órganos
y que se da por medio de la vía nerviosa, endocrina e inmunitaria.
La microbiota es capaz de modular la actividad cerebral por medio de la estimulación de las vías aferentes (nervios sensitivos en las vísceras, como el intestino) del nervio vago, de la producción de metabolitos como neurotransmisores u hormonas o mediante interacciones con el sistema inmune. Como una de sus principales funciones es la secreción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, su funcionamiento influye en el comportamiento, la cognición y las emociones (Petrut et al., 2025). Esto anterior se concluye ya que la serotonina y la dopamina están ligadas a la modulación del comportamiento, sobre todo de la regulación del estado de ánimo y la motivación.
La principal vía de intercambio de
información entre el intestino y el cerebro es el nervio vago, ya que ciertas
sustancias que no son capaces de atravesar la barrera hematoencefálica
estimulan neuronas sensitivas en el sistema nervioso entérico (SNE) para
alcanzar el sistema nervioso central (Peñafiel & Novo, 2023). El SNE es un sistema
complejo de neuronas y neuroglias en la pared intestinal. Tiene una relación estrecha
con el SNC por medio del nervio vago, pero es capaz de coordinar respuestas por
sí solo, por lo que es comúnmente llamado “el segundo cerebro” (Romero-Trujillo
et al., 2012).
Una
vez se comprende la conexión entre el sistema digestivo y nervioso, se puede
agregar que el efecto de la disbiosis sobre el SNC puede manifestarse por medio de enfermedades
neurológicas como Alzheimer, Parkinson, esclerosis múltiple, enfermedad de
Crohn, pero también en trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad,
depresión, esquizofrenia, trastornos por déficit de atención/hiperactividad y
del espectro autista (Peñafiel & Novo, 2023).
Al comprender cómo la microbiota
afecta directamente los procesos neuropsicológicos, el panorama se amplía al
hablar sobre los efectos adversos de las enfermedades alimentarias, pues sería
un problema no solo de salud física, sino también mental. De manera que la
atención sobre las enfermedades de transmisión alimentaria conseguiría prevenir
padecimientos que afectan de manera global el bienestar de las personas.
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Referencias
Akritidou, T.
Akkermans, S. Smet, C. Gaspari, S. Sharma, C. Matthews, E. Van Impe, J. F. M.
(2023). Gut microbiota of the small intestine as an antimicrobial barrier
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and L. monocytogenes during in vitro digestion. Food Research International
173(1), 1-12. https://doi.org/10.1016/j.foodres.2023.113292
Brown, K.
DeCoffe, D. Molcan, E. Gibson, D. L. (2012). Diet-Induced Dysbiosis of the
Intestinal Microbiota and the Effects on Immunity and Disease. Nutrients 4(8),
1095-1119. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3448089/
Peñafiel, M. B.
Novo, K. M. (2023). Eje intestino-cerebro-microbiota y su
impacto en la salud. RECIAMUC 7(2), 566-575. https://doi.org/10.26820/reciamuc/7.(2).abril.2023.566-575
Petrut, S. M. Bregaru, A. M. Munteaunu, A.
E. Moldovan, A. D. Moldovan, C. A. Rusu, E. (2025). Gut over Mind: Exploring the Powerful Gut-Brain Axis.
Nutrients 17(5), 1-14. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC11901622/
Romero-Trujillo, J. O. Frank-Márquez, N. Cervantes-Bustamante,
R. Cadena-León, J. F. Montijo-Barrios, E. Zárate-Mondragón, F. Cázares-Méndez,
J. M. Ramírez-Mayans, J. (2012). Sistema nervioso entérico y motilidad
gastrointestinal. Acta Pediátrica de México 33(4), 207-214. https://www.medigraphic.com/pdfs/actpedmex/apm-2012/apm124h.pdf
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